RECAÍDA

Creía que estaba preparada.


Aparqué mi coche a diez minutos del edificio donde trabajaba. Seguía igual a como lo recordaba: alto, imponente y gris. Parecía un edificio de oficinas normal y corriente. Sin embargo, ocultaba un pequeño secreto. Era un garaje. Tenía dos entradas: por la que entraban las personas, un portal, sencillo y formal; y, la otra, la de los vehículos, accedías a un pasillo angosto y sucio, que emanaba olor a gasolina y a motor.




Resultaba tétrico.






No lo pensé. Simplemente pasé por el portal. No me había dado cuenta, pero me había puesto en modo automático. Y la bomba marcaba la cuenta atrás.






Llamé al ascensor y esperé a que las puertas se abrieran. Tenía que subir a la tercera planta, donde se encontraba la plataforma. Mi trabajo.






 Mi trabajo es estresante, agobiante, más es cómodo. Me siento en una silla de ordenador, en una gran mesa de escritorio, con un antiguo ordenador. En ese ordenador no puedo hacer gran cosa: escribir, y acceder a los sistemas para poder trabajar. Internet y demás aplicaciones que puedan dar cierta diversión y entretenimiento, es un sistema cerrado. A ese ordenador va conectado un teléfono, con unos cascos.


El ascensor no se hizo de rogar. Enseguida, se abrieron las puertas y entré. Pulsé el botón de la tercera planta y suspiré. Los nervios ya hacían acto de presencia.




Entré en la plataforma e hice algo que más tarde me arrepentiría: busqué a mi coordinadora.




Imaginé que tendrían paciencia conmigo, después de casi dos meses de baja, creí que me darían formación. Esperaba que me ayudaran a recordar lo que mi mente había guardado en un cajón al fondo de mi memoria.


 ¡Qué ilusa! ¡Con esa coordinadora no!


Me senté en un puesto cualquiera, con las lágrimas en los ojos. Respiré hondo, me enjugué las lágrimas y encendí el ordenador.


"Tranquila, no te decaigas"




Me dio miedo empezar. Me dieron miedo recibir las llamadas. Llamadas de clientes enfadados que no entendían sus facturas. Aquel día no me entró ni una llamada buena, que levantara el ánimo, un poco de azúcar, para tener una variedad.




Todo iba de mal en peor.




Tuve que ir al baño porque me dolía mucho la tripa: el Estrés.




Me excedí de mi pausa de los cinco minutos. Avisé a mi coordinadora de mi retraso, que fue por una causa de fuerza mayor, ¿Qué hizo ella? Enfadarse, porque tenía que notificarlo a un compañero, que ese encargaba de esas cosas.


En aquel instante, mi mente era un manojo de nervios y los pensamientos positivos que había construido, comenzaban a derrumbarse.


"Tú puedes, pasa de ella" Me dije a mí misma, pero una voz interior se reía de aquel comentario.




Aguanté poco, a la hora siguiente, adelanté mi media hora de comida, porque no podía más. Con cada llamada que me entraba, me tocaba levantar la mano y venían personas a ayudarme, pero la respuesta que me daban era incorrecta y no tenía sentido.


Con lo que me frustraba más.




Como era mi primer día de trabajo, había decidido mimarme un poquito y llevaba sushi para comer.
Pero estaba tan triste, que apenas lo disfruté.




El tiempo se pasó volando y cuando quise darme cuenta, tenía que volver a coger llamadas y no tenía fuerzas.


Mis esfuerzos por mantenerme fuerte y ser positiva se habían ido al traste.


Llorando, fui al baño a limpiarme y mi cerebro activó una alarma de urgencia: "HUYE!!!".




Avisé a mi coordinadora, realmente no sé por qué. Tenía que avisar a alguien,  necesitaba salir de allí y ella estaba más cerca.




Recogí mis cosas lo más rápido como fui capaz. Y, una vez salí de la plataforma, derramé lágrimas, sin parar.




Era la una del mediodía.




Me sentía llena de impotencia. Porque no había podido aguantar más de tres horas y me había venido abajo. También me sentía culpable ¿por qué me sucedía esto? ¿Por qué mi mente había estallado de esa manera?




No sabía cómo iba a continuar. Tenía que re construir el muro que había derrumbado. Necesitaba tiempo para recuperarme... Pero lo primero era alejarme de ese lugar.







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