DESTINO... O NO
Nunca había hecho nada parecido. Lo necesitaba. Para mí era una
experiencia de sanación emocional. Al menos, eso me repetía cada mañana. Según
me levantaba y miraba a través de la ventana. Miraba los edificios que se levantaban
delante de mí. Me gustaba imaginar lo que sucedía allí dentro, qué estaban
haciendo las personas que vivían en aquel lugar.
Estaba en Seattle. A más de un millar de kilómetros de mi
hogar. Buscando una nueva vida, un nuevo rumbo que seguir para descubrir quién
soy. Porque si lo pensaba de esa manera tumbaba de un plomazo los miedos que
crecían sobre mí.
Llevaba un par de días, en la ciudad, y ya estaba agobiada. Necesitaba
encontrar trabajo, antes que se me agotara el dinero. La vida en EE.UU. era
cara y yo estaba a dieta.
Me preparé un café, leyendo el periódico del día anterior,
acostumbrándome al inglés. Después me di una ducha rápida y volví a perderme
por las calles de la ciudad.
Aquella mañana, me tocaba ir a un local, para hacer una
entrevista en una oficina. No las tenía todas conmigo, porque siempre había
personas con más experiencia que yo. El puesto no es que estuviera demasiado
bien pagado, pero algo ayudaría. Entraría como ayudante de la secretaría, para
hacer lo que ellos no querían hacer.
“Ya te llamaremos”.
La típica frase de siempre. Procuré no desanimarme, a pesar
de que no las tenía todas conmigo. Me miré en el bolsillo, me quedaban algunas monedas,
así que decidí tomar el ferry que me llevara al otro lado. A perderme más.
A esas horas del mediodía, el ferry estaba lleno de gente.
Me acerqué a la barandilla, para dejar llevar mis pensamientos con el agua. Yo
lo llamo arreglar el mundo, sienta muy bien de vez en cuando. Y con un
paisaje como Seattle de fondo, queda mucho mejor.
Llevaba unos minutos reflexionando, cuando alguien me tocó
en el hombro. Me di media vuelta, me parecía raro, porque no conocía a nadie.
No me esperaba encontrarme a quién me encontré.
Esos ojos azules.
Esa mirada pícara.
Esa sonrisa.
Leo me miraba sorprendido. Porque era increíble que en
España no nos hubiéramos cruzado en mucho tiempo. Y, precisamente allí, nos
volvíamos a encontrar.
Quizás el universo nos estaba diciendo algo. Tengo que
ponerle una explicación a todo, sino no me quedo conforme.
Al menos, yo me quedé sin habla. No encontraba las palabras.
Sin embargo, él sí lo hizo.
− -- ¿Qué haces aquí?
− -- Cumpliendo un sueño −dije encogiéndome de hombros,
volviendo a mirar hacia el paisaje.
Leo permaneció en silencio. Supongo que intentando asimilar
lo que acababa de suceder. Perplejo. Como yo.
− -- Hace mucho tiempo ¿verdad?
− -- Demasiado −susurré.
− -- ¿Y qué ha sido de tu vida?
− -- Nada en particular −no me apetecía hablar de eso
en ese momento− ¿Y tú? ¿sigues como siempre? −me refería tan suelto saltando
de una en otra. Recordando que él fue el primero que me rompió el corazón.
Él dio un largo suspiro. Apoyándose en la barandilla,
centrándose en el vaivén del agua. Tras una intensa espera, me lo contó.
− -- No, ya no soy el mismo, he cambiado.
-- ¡Vaya! ¡Eso si que era una novedad! Creo que, en aquella
parte del barco, mi corazón no era el único que estaba mal herido.
− -- Por eso estoy aquí, buscando empezar de cero.
− -- Pues ya somos dos −sonreí, él se me quedó mirando
y yo no pude retenerle la mirada mucho tiempo. Porque las cenizas del fuego que
se encendió hace ya tantos años, se removieron en mi interior.
− -- ¿A dónde ibas? ¿Puedo acompañarte? −me
preguntó, él seguía mirándome, interesado.
-- Me encogí de hombros y asentí. No quería que ese encuentro
se acabara.
− -- Supongo que me apetecía coger el barco e ir más
allá de los confines de la ciudad.
− -- Pues ese lado me lo conozco bastante bien,
porque por ahí vivo ¡Qué casualidad! es como si algo se empeñara en cruzarnos,
ya sabes que no creo en las casualidades.
-- Sí, eso mismo pensaba yo, pero no quería convertirlo en
palabras. Habían sido tantos desengaños.
− -- ¿Y llevas mucho aquí? −siguió con el interrogatorio.
− -- Apenas un par de semanas.
− -- Y… ¿Tienes pensado quedarte o volverás?
Aquella pregunta me pilló desprevenida. La idea era ir y
quizás regresar en una temporada, pero no lo sabía con seguridad.
No tenía nada por lo que volver.
− -- No lo sé, la idea, imagino, es que, si me va
bien, me quede, pero si todo continúa siendo un desastre…
− -- Los comienzos siempre llevan el desastre, pero
luego se endereza y va todo a mejor.
− -- ¡Qué profundo! Aunque quizás lleves razón, pero
me agobio, no puedo evitarlo, el idioma lo llevo fatal.
− -- Date tiempo, quizás por eso nos hemos
encontrado, yo puedo ayudarte con eso.
Le miré con ojos llenos de agradecimiento. Aquella
oportunidad no iba a desaprovecharla.
− -- Gracias, gracias, mil gracias.
Y de esa manera nos seguiríamos viendo, pensé rápidamente.
Él me acarició el brazo y el tiempo se detuvo. De repente
los años no habían pasado. Volvíamos a ser dos jóvenes que se conocieron pro
primera vez en un bar. La chica tímida y el golfo. Aunque esta vez era
distinto, porque él ya no necesitaba fingir ser alguien que no era.
Leo se acercó a mí. Sin pensárselo dos veces. Yo me quedé
quieta, no sabía qué hacer. Luchaba por que mi corazón obedeciera a mi cabeza,
pero éste se había contaminado de las cenizas de aquel capricho del pasado. Cuando
él me besó, aquellas cenizas se encendieron y provocaron llamas en mi cuerpo. Respondí
a aquel beso dulce que siempre había deseado.
Y aquel momento fue el primero de mi perdición [...]
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