Y de pronto sucedió...



Nunca creí que fuera posible. 

Siempre imaginé que el que no hace las cosas, es porque no quiere.


No porque no puede.


¿No puede? ¿Qué es eso? ¿Cómo no va a poder?


Claro, me di cuenta más tarde.


Cuando yo misma me quedé bloqueada y no pude entrar.


Primero reflexioné unos minutos, respiré hondo y eliminé ese pensamiento.


Entré en modo automático.


No sé cómo superé la mañana, trabajando,


centrada en las llamadas que entraban por la centralita.


Sin pensar.


Sin embargo, al día siguiente fue diferente.


Mi cuerpo, mis pies, dejaron de responder.


Y no pude salir de casa.


Mi mente tenía un único pensamiento: "Me niego".


Por más que me auto convencía de apretar el botón del piloto automático,


éste no aparecía.


Y lloré.


Lloré, desalentada, sin fuerzas para continuar.


Mi cabeza explotó, tantos cambios, tantos años.


Necesitaba una buena dosis de aliento y energía positiva.


Porque mis reservas se habían agotado.


Los nervios, la angustia, se acopló a mi cuerpo.


A mi mente.


Iniciando una amistad, para no romper nunca más.


Me encerré en mi casa, sin querer salir, más que para lo indispensable.


Llevo nueve días...


Y no consigo levantarme.


Creía que todo era un cuento, un falso rumor.


Ahora sé que no es así.


Existe, pero no se ve.


Lo peor de todo es que nadie te cree,


Porque no lo sienten, porque "Si no lo veo, no lo creo".


Cuesta mucho, muchísimo, salir adelante.


Te sientes culpable por no ser productivo, por no hacer las cosas como deberían.


Como cualquier otra persona actuaría.


Y piensas: "Le he fallado", a esa persona que desde el cielo te observa.


O "me he fallado", porque esto no es lo que yo quiero.


No sabes cómo retomar tu camino, coger las riendas.


Porque cuando te sientes triste, no ves más allá.


La luz que se encuentra al final, se mantiene oculta.


¿Cómo consigo verla? No lo sé.


Es una respuesta que aun estoy buscando, para poder salir.


Más ella me susurra, que es mejor quedarse en casa.


Me dice que, fuera me voy a ahogar y dejaré de respirar.


No quiero ahogarme, no quiero morir de angustia y sentir este dolor en el pecho.


Quiero sentirme viva, respirar, oler, pensar con tranquilidad...


Y decidir.


Decidir si salgo o si me quedo, no quiero que lo haga ella por mí.


Guardar los nervios bajo llave y que salgan en las ocasiones que deben salir.


Lucho contra esos pensamientos negativos que afloran mi mente y no me dejan actuar.


Cuesta.


Es difícil.


Más no imposible.


Sobre todo, si tienes a tu lado a gente que te apoya y te anima a seguir luchando.


Porque si se quiere, se puede, aunque ella esté ahí, acechando para encontrar tu punto débil.






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