PERDIDA




Sólo podía recordar aquella mirada vacía, inexpresiva, mirando a través del cristal. Aquella mirada era la de un rostro triste, su mente sumida en los más profundos pensamientos, encerrada en su propia locura. Y todo era por mi culpa, si ella estaba encerrada en aquel psiquiátrico era sólo por mi error. Ni siquiera fui a verla, no podía enfrentarme a ella, otra vez.

Miré mi mano izquierda donde relucía un anillo de oro, mi anillo de bodas. Todo era una mentira, al menos por mi parte. Porque sé que ella sí estaba enamorada. Por eso me aproveché de ella.

Todo por dinero.

Por su dinero.

Y ahora ¿Cómo me veo?

Sólo. Sin la persona a la que más quiero. Porque mi pareja en ese momento me dejó, se sintió  traicionada y me abandonó. A pesar que yo le expliqué mis motivos, eso la ofendió más.

Me levanté de la cama tras escuchar el sonido del teléfono. Fui al salón, con cierta rapidez antes que se perdiera la llamada.
-         
                        - ¿Sí? –contesté con desgana, en aquel momento no me esperaba escuchar la voz que oí segundos después.
-                                     -         ¿Samuel Martín? ¿Es usted?
                        -         Sí, soy yo ¿quién es?
                        -         Le llamamos del centro de salud mental donde tenemos recluida a su mujer.
                        -         ¿Qué ha pasado?
                        -         Vuelve a casa, está completamente recuperada y ya no es necesario que esté aquí.




Aquellas últimas palabras fueron como un mazazo para mí. Pues ella volvía a mi vida y no sabía cómo afrontaría dicha situación. Colgué el auricular, despacio, apoyándome sobre la pared y resbalando hasta quedar sentado en el frío suelo. No sabía cómo iba a reaccionar en cuanto la tuviera frente a mí. Debía ir a recogerla, al menos eso me había indicado la enfermera, aunque antes de verla el médico quería hablarme... Quise tantear, ir preparándome con posibles teorías que el doctor fuera a decirme. Sólo encontré dos: que ella recordara que éramos una pareja separada, o, peor todavía, que siguiera creyendo en nuestro falso amor. Casi preferiría la primera opción, ya que no tendría más que llevarla donde me dijera y adiós. No volvería a verla más y podría seguir lamentándome... En el caso contrario, lo veía complicado, porque ni siquiera tenía claros mis propios sentimientos.

Tardé unos minutos en coger la cazadora, la cartera y las llaves del coche. El centro psiquiátrico se encontraba a las afueras de Madrid. Aunque en coche se tardaba poco en llegar, menos aun cuando había poco tráfico, como aquella tarde.

Mi mente era un hervidero de pensamientos en aquel instante. Trataba de concentrarme en la conducción.

No me era fácil.

En mi cabeza sólo aparecía su rostro: el de mi esposa. Mis nervios se acrecentaban más según llegaba al temido lugar.

Aparqué el automóvil, antes de salir del coche, suspiré profundamente. Justo antes de salir me repetí como una especie de mantra: "Todo va a salir bien, nada puede empeorar ya".

Cuando entré en aquel centro, los nervios me atenazaron el estómago. En una de aquellas habitaciones ella me esperaba ¿Cómo reaccionaría?

               - ¿Señor Martín? -escuché a mi espalda, se trataba de una voz masculina. Me dí media vuelta y puse cara a aquella voz: era el médico de mi mujer.

Caminé hacia él, se encontraba junto al mostrador de recepción. Le tendí la mano, a modo de saludo y me condujo hacia la sala contigua, para que pudiéramos hablar con calma. Nos sentamos en sendos sofás, uno frente al otro y esperé a que me contara.

               - Como le han dicho por teléfono, su esposa está completamente curada -el doctor hizo una pausa antes de continuar, quizás esperaba que yo dijera algo, pero no tenía nada que decir aun, es más quería seguir escuchando- Han sido meses y meses de terapia, como ya sabe, ella no quería hablar, poco a poco he tratado de localizar el problema y centrarme en él-

¿Cuál era el problema sino mi traición hacia ella? Cuando el médico dijo algo que no me esperaba.

               - Su amor por ti es a la vez su maldición.

¿Qué? ¿Ella...? ¿Cómo? Nos casamos por conveniencia, si, era cierto que fingíamos amor delante del mundo, pero de puertas para afuera. En casa, todo era diferente. 

               - Doctor, ¿Quiere decir que ella se volvió loca de amor? -pregunté inclinándome más hacia delante.

               - Sí -respondió el aludido de forma tajante.

Me eché hacia atrás, nuevamente, pues no podía creerlo...

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