Capítulo 5º: Reencuentro

Reencuentro.

Edward salió al encuentro de sus padres, caminando con total lentitud. Respirando con dificultad, con un extraño brillo aguado en sus ojos.

-¡Mamá! -Susurró el joven cuando la pareja se volvió hacia él.

Elizabeth Masen soltó las manos de su marido y se acercó a su hijo, sonriendo, siempre sonriendo. El sol del mediodía iluminaba el suave y pálido rostro de la mujer.

-Edward, llegas justo a tiempo ¿dónde estabas?

Su padre, tras los pasos de su esposa, miró a su hijo con una sonrisa zalamera.

-Mujer, seguro que habrá estado en cualquier lugar menos dónde tenía que estar,… Seguro que andaba por los alrededores de la familia Bellazzi ¿o me equivoco?

Edward contempló a su padre extrañado ¿Bellazzi? Aquel apellido le resultaba bastante familiar. 

Realmente él acababa de llegar, acababa de regresar al pasado, con su verdadera familia ¿qué se suponía que había estado haciendo? ¿Quién era la familia Bellazzi? Tendría que averiguarlo en cuanto pudiera.

Elizabeth acarició el terso y juvenil rostro de su hijo, aún con la sonrisa plasmada en la cara.

-Gabriela ¿no?

¿Gabriela? Los ojos de Edward se abrieron como platos. Aquel nombre le produjo una sensación muy curiosa, una sensación de sobra conocida para él. Pues se trataba del mismo sentimiento que Bella le había hecho sentir, incluso más fuerte.

Al ver su cara de desconcierto, Elizabeth lo besó en la frente.

-Querido hijo, si amas a esa jovencita que te trae de cabeza, lucha por su amor, pero no la lastimes, pues es una chica sensible

-Querida mía, creo que eso ya lo tiene, nuestro hijo es todo un galán… ¡Qué se le va a hacer! Nuestro hijo salió a su padre por completo -Rió Edward padre, agarrando a su mujer de la cintura.

Acto seguido su padre se metió en el coche y se fue al trabajo, su bufete en el centro de la ciudad. Elizabeth acompañó a su hijo al interior del hogar. El joven reconoció su antiguo hogar, todo estaba
igual que antes. Parecía que regresar al pasado le hacía volver a recordar detalles de su vida humana.

Su madre caminó hacia la cocina para preparar algo de comida a su hijo. Éste subió las escaleras que conducían a los dormitorios, mientras se masajeaba el cuello, notando como la sangre volvía a recorrer sus venas, como la aorta palpitaba siguiendo los rítmicos latidos del corazón…

El joven subía cada peldaño de la escalera, pensando en cómo sería la tal Gabriella, la cuál, con sólo pensar en su nombre surgían cosquillas en su estómago y le dificultaba la respiración. Recordó, en una de sus salidas con Bella, como al acariciar el anémico rostro de ella, la imagen de una mujer surtió de repente en sus pensamientos. Una mujer rubia, de ojos azules y piel blanquecina, con las mejillas coloradas ¿sería ella? ¿Gabriella?

Pronto, y casi sin darse cuenta, Edward llegó a su habitación. La puerta estaba cerrada. Lentamente giró el pomo de la puerta y empujó hacia dentro, entrando en su interior.

La habitación era bastante amplia. En el centro del dormitorio se encontraba la cama, algo que hacía siglos que él no usaba, sin embargo se le antojó cómoda y deseó tumbarse y arroparse entre aquellas sábanas de algodón. Junto a la venta había un sillón con una mesita redonda, donde descansaba un libro. 

Edward se aproximó hasta la mesita y tomó el libro entre sus manos. En la portada se leía: Romeo y Julieta. Aquel libro le encantaba. La historia de amor entre dos jóvenes que vivían el odio de sus padres. Una historia encantadora, sobre todo porque Julieta le recordaba a Gabrielle…

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Gabrielle había salido de su habitación, bajado las escaleras y ahora se encontraba de pie, frente a él. Un hombre moreno, de ojos azules, fornido, que la miraba con lascivia y provocación.

El padre de Gabrielle se encontraba sentado en su butacón, observando a la pareja.

-Hija mía, has de saber que me ha costado hacer la elección para el que será tu prometido

En aquel momento, Gabrielle no pudo más. Al escuchar aquellas palabras "prometido" y no se trataba de Edward sino de otro tipo millonario que soñaba con meterse en su cama y alardear de lo bonita que era su mujer. Su corazón pareció detenerse por unos segundos, su vista se nubló y las manos le comenzaron a temblar.

La joven rubia se desplomó sobre el frío suelo de madera. Su padre se incorporó y se acercó a la joven, sin embargo, su prometido se quedó donde estaba, admirando su nueva conquista. Se enorgullecía del tesoro que acababa de descubrir con unos ojos en los que la avaricia brillaba por sí sola…

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Cuando Elizabeth subía con una bandeja hacia el cuarto de su hijo, no se imaginó lo que vería en él. Una vez entró a la habitación, algo despistada, la bandeja se le resbaló de las manos al ver a su hijo tirado en el suelo, inconsciente.

La mujer se llevó las manos a los labios, asustada y a punto de llorar. Se arrodilló junto a él, abrazándole y acunándolo en su pecho.

-Edward, hijo mío ¿qué te pasa? No te mueras, no por favor ¡Mirabella, llama a un médico, urgente por favor! -Sollozaba la mujer llamando al ama de llaves y balanceándose levemente hacia delante y hacia atrás…

El desmayo del joven duró tan sólo unos minutos, después de aquellos intensos minutos tirado en el suelo, Edward abrió los ojos con pesadez.

-¿Qué ha pasado? ¿Bella? -Preguntó el joven, desconcertado.

Elizabeth lo miró, extrañada, al escuchar el nombre de la muchacha.

-No, cariño ¿quién es Bella?

Edward se recuperó del todo y cayó en la cuenta que Bella no estaba, sino que había regresado a su pasado y la muchacha no había nacido todavía.

-No, estoy muy cansado, madre, me voy a la cama -Aquello lo dijo para que Elizabeth saliera de la habitación y lo dejara sólo. Le había costado decir "madre", sin embargo al decirlo se había sentido bastante bien.

En cuanto la señora se marchó, él se agarró el pecho. Sentía frío y tiritaba. No se encontraba bien, seguramente metiéndose en la cama se le pasaría.

Lo que Edward no sabía, que estaba viviendo la misma época en la que sus padres y él caían enfermos de gripe y su destino era morir.

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Gabrielle despertó en la cama de su habitación. Tenía un paño tibio en la frente, tenía fiebre. Se incorporó en la cama, mirando en derredor.

-Mamá -Susurró febrilmente la joven rubia.

Su madre, que había estado cerca de ella cosiendo, se aproximó a ella enseguida.

-Gabrielle ¿qué tal te encuentras? -Dijo su madre acariciándole las mejillas.

-¿Qué me ha pasado, madre?

-El médico dice que ha sido una bajada de tensión, aunque quizás puede ser que estés resfriada

Gabrielle mostró una leve sonrisa a su madre, cogiéndola de las manos. Fue entonces cuando recordó lo que había sucedido antes que se desmayara. Fue entonces cuando Gabrielle comprendió que no estaba resfriada, ni siquiera había sido una bajada de tensión, pese a lo que dijera el doctor. Había sido por la desagradable noticia que su padre le había comunicado: su compromiso con una persona engreída y anormal.

La joven rubia se levantó de la cama, el paño que había empapado su frente se resbaló hasta posarse en la cama.

La madre de la joven la contempló, asustada.

-Gabrielle ¿qué haces?

-Dejadme, madre, tengo que hacer una cosa.

-No puedes ir en tu estado ¿y si te caes por el camino? De ninguna manera, no permitiré que te vayas -Su madre se incorporó y siguió a su hija hasta que la agarró del brazo.

Gabrielle suspiró, cansada, se giró hasta quedar frente a su madre. Entonces mostró su cara más angelical para camelarse a su madre y que la dejara marchar.

-Querida madre, os prometo que en cuanto haga… En cuanto arregle unos asuntos que tengo que resolver, vuelvo a meterme en la cama y no salgo hasta que vos me lo pidáis, por favor, os lo ruego.

Su madre no pudo resistirse a aquella mirada y la dejó marchar sin rechistar, antes dándole un beso en la frente.

En cuanto Gabrielle pudo salir del dormitorio, corrió hasta salir fuera de su casa. Por suerte su padre ya se había marchado a trabajar y aquel tipo tampoco estaba, o al menos ella no se había dado cuenta de su presencia.

La joven anduvo con regular prisa, deteniéndose de vez en cuando para respirar.
Eran las cuatro de la tarde, la mayoría de las personas permanecían en su casa, descansando. Las calles estaban casi vacías, uno o dos transeúntes caminaban por la calle.

Pronto vio a lo lejos la casa de los Masen y se alegró de no haberse desmayado todavía, porque estaba agotada de tanto andar. Ya que su casa estaba bastante retirada de la de él. La joven deseó con todas sus fuerzas que Edward estuviera en casa, necesitaba hablar con él.

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Edward estaba sentado en el sillón junto a la ventana, contemplando el exterior de la casa. Pensando en cómo podía volver con los Cullen, con Bella… Recordando los tiernos besos de la chica albina, sus suaves caricias, sus ojos asustadizos… Pero la imagen de su Bella se transformó en la figura de una joven rubia, de cabello ondulado, ojos azulados, su sonrisa dulce,… Edward movió levemente la cabeza, evitando pensar en aquella mujer, pero aquella mujer no se le iba de la cabeza porque la estaba viendo caminar hacia su casa.

Él se levantó del sillón y salió de la habitación con rapidez. Bajó las escaleras, corriendo. El corazón le latía muy deprisa. Las manos comenzaban a sudarle y la respiración se hacia más pesada cada vez. Finalmente llegó al vestíbulo y, antes que llamaran a la puerta, él la abrió precipitadamente.
Allí estaba ella. Tan joven, tan frágil. De pronto, el nombre de la chica le vino a la mente de golpe, sin previo aviso, como si nunca lo hubiera olvidado, como si su vida como vampiro no hubiera existido. Gabrielle. Los ojos azules de ella lo miraban extasiados. El pecho de la joven subía y bajaba, deprisa, signos que ella también había corrido.

Sin más dilación, la rubia se apresuró a abrazarle. Edward se mantuvo con las manos en alza, creyendo que aquello era un sueño. Pensando que aquella muchacha era Bella… La jovencita de 18 años que lo había enamorado…En aquel momento, el recuerdo de Bella se difuminó de su mente, sustituyéndolo por el de aquella joven de cabellos dorados. Su Gabrielle. La chica que lo había prendado con sólo mirarla. El ángel que había iluminado su soledad. Edward y su memoria humana volvieron a encontrarse.

-Ed… No quiero volver a casa -Había susurrado con aquel tono de voz tan dulce que la caracterizaba, apoyada la cabeza en el pecho de él.

Edward no se atrevió a decir ni una sola palabra. Simplemente se quedó esperando a que ella siguiera hablándole, embaucándole con sus palabras.

-Mi padre quiere que me case -Gabrielle lo miró a los ojos, estaba llorando.

Edward abrió los ojos totalmente sorprendido. Ahora que el destino se había cruzado en su camino, volvían a arrebatársela.

Mientras la pareja seguía abrazada en el umbral de la puerta principal, un grito llegó hasta los oídos de ambos. Correspondía a un grito ahogado de mujer. Se trataba de la doncella. Se encontraba de rodillas junto al cuerpo inconsciente de su señora, Elizabeth Masen.

Edward se puso tenso al escuchar aquel grito y se separó ligeramente del cuerpo de la chica. Caminó hacia el salón, donde se encontraba su madre, tirada en plena alfombra.

El chico estaba nervioso. Los recuerdos volvían a acecharle. Se inclinó sobre el cuerpo de Elizabeth y puso sus finos dedos sobre la frente de ésta. Antes de llegar a posar su mano pálida, notó que la mujer estaba ardiendo. Primer síntoma, Edward lo recordaba muy bien.

Gabrielle se situaba detrás de él, contemplando la escena. La joven sintió el impulso de apartarlo de su madre, por si le contagiaba… Y lo volvía a perder.
Sin embargo, no lo hizo. Porque no debía cambiar su destino…

En el pasado, cuando vivió por primera vez la enfermedad de su madre, lloró y se puso bastante nervioso porque no quería que se muriera. Pero, ahora era diferente, sabía lo que tenía que pasar.

Por un momento, el joven creyó que aquello era un sueño. Un sueño que se le antojó que fuera diferente. Al menos ya que había tenido la oportunidad de volver a su pasado, de recordar lo que un día llegó a olvidar…En aquel instante, Edward, con su madre en brazos, comprendió algo importante. Miró, con lentitud, el rostro de Gabrielle. Sus ojos se tornaron, sin dejar de contemplarla. Fue entonces cuando dejó a su madre en los brazos de la doncella y se incorporó.

Edward tomó las manos de Gabrielle y la miró con dulzura a los suaves azules iris de ella. Le acarició la enrojecida mejilla y notó cierto temblor en la boca del estómago. Su respiración se volvió más lenta y encarecida.

-Gabrielle, ayúdame -Susurró por primera vez Edward. Sintiendo, al pronunciar su nombre, pues hacía demasiado tiempo que no lo hacía.

La joven alzó el mentón, demostrándole cuán bonita era su sonrisa.

-No puedo -Dijo simplemente ella.

-No lo entiendo -Admitió él, estrechando aún más sus manos.

-Edward, tenemos que llevar a la señora Masen al hospital -Gabrielle le había tomado la cara entre sus manos, alentándolo.

Edward la miró con ternura. Pues él quería aprovechar aquella segunda oportunidad, sin embargo ella tenía razón. Fue en aquel instante cuando se llevó la mano al corazón, la vista se le nubló y el hermoso rostro de Gabrielle desapareció, hundiéndose en la total y absoluta oscuridad…

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Muchas gracias por haber leído el capítulo ¿qué os ha parecido? creo que os habréis dado cuenta que esta historia la actualizo cada dos días, lo hago para no eternizarme y que podáis leerla rápido. Dejadme comentarios por favor, espero que os esté gustando, muchísimas gracias, Alezeia

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