3ª Carta de Amor

Ninon de Lenclos al marqués de Sévigne

sin fecha

Se acabó, marqués; ya no me veréis dudar más ni pasar cuidado por vuestros sentimientos; ayer me convencí de que me amabais y de que me amáis como yo quiero ser amada; en fin, me habéis dado entre todas las pruebas la que dejará en mí más fuerte impresión.
Entráis mientras yo estoy escribiendo; trato  de ocultaros las pocas palabras que había trazado; aquel misterio excita vuestra curiosidad: el querer aclararlo era una consecuencia de vuestras ideas. Yo resisto, vos insistís; persisto en mis negativas, la cólera os arrebata; me hacéis mil cargos; las injurias los siguen muy de cerca; de rabia, rompéis mi tintero; el papel me es arrancado de las manos; y, sin querer leerlo, lo hacéis pedazos... Yo hubiera podido calmaros  con una sola palabra: os estaba escribiendo a vos. Pero vuestra cólera tenía demasiados hechizos a mis ojos para querer calmárosla. Os veo todavía hundido en un sillón, abatido por las reflexiones más crueles. Os levantáis con vivacidad: una mirada terrible es descargada contra mí. Salís, jurando que me detestáis. Nunca me habíais parecido tan adorable; jamás me habíais dicho nada que me hubiera convencido, tan fuertemente como aquello, de ser amada, de serlo con furor.
¡Con qué avidez mi corazón observaba todas vuestras acciones! ¡Cuánta dulzura hallaba en vuestras injurias!
En el momento en que jurabais que yo era un mosntruo para vos, yo comprendía que, asegurándome todo lo contrario tiempo atrás, me habíais convencido mucho menos de vuestra pasion.
Apenas habíais salido, cuando me di prisa a recoger los pedazos del tintero y del papel. Un conquistador no huella las murallas que  acaba de cañonear con tanta alegría como la que sentía yo al considerar aquellas preciosas pruebas de vuestra ira, o mejor dicho, de vuestro amor.
Si alguna vez llegáis a serme infiel, estos serán los testigos que yo presentaré para recordaros los sentimientos que tuvisteis para mí. ¡Ah! No os vituperéis por aquel arrebato; yo pensaría no ser amada si lo fuese con moderación... El gesto terrible con que os fuisteis, ¡qué hechizos no tenía para mis ojos! Me parecía estar viendo al dios de la guerra diciendo a Venus que la ama, pero en tono que en otra causaría miedo y terror. ¡Qué felicidad más grande la mía! Por fin he encontrado una alma educada, orgullosa y altiva, un corazón vehemente, celoso y arrebatado: soy amada como deseaba serlo.

 

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