RELATOS: NECESITO DE TI

AVE 1221. VIA T9. MADRID-BARCELONA.

Con las gafas de sol, mirando a través de la ventanilla, tratando de dejar la mente en blanco. Más no podía, era mucho lo que dejaba atrás, pero tenía que olvidar.

Y qué mejor que empezar en un nuevo sitio, de cero.

Nunca había visitado Barcelona, no tenía ni la más remota idea de hablar el idioma, sin embargo elegí esa ciudad como mi nuevo destino para comenzar una nueva etapa en mi vida.

Viendo los árboles pasar a gran velocidad, en un asiento preferente en el Ave, tamborileaba mis dedos sobre la mesa que tenía delante de mí. Ver el paisaje que se extendía a mi alrededor y me atrapaba en aquel vagón, era como un soplo de aire fresco para mí. Quise evitar los pensamientos que me habían llevado a tomar aquella decisión, más aun aparecían fugaces en mi mente.

"Te echo tanto de menos".

Nunca pensé que tenía que sobrevivirle, nunca me lo tomé tan en serio como cuando sucedió. Y no quería aceptarlo. No, él no podía estar muerto ¿cómo iba a vivir sin él? Ni siquiera comprendí cómo mi madre podía vivir sin él, sin su pareja, con la que llevaba más de treinta años casada. Pensé que no le quería, que mi amor siempre lo había llenado mi madre, cuánto me equivocaba, porque él se había llevado un trozo de mi corazón al cielo.

Y ahora tenía que aprender a vivir sin él ¡Qué ironía! casi no le veía durante el día porque trabajaba como un mulo para poder mantener a su familia.

Deseché esos pensamientos de mi mente con un leve gesto de cabeza. Me puse los auriculares y le di al play en mi lista favorita de música.

La música siempre me transportaba a un mundo aparte. A un lugar donde no existían ni la culpa, ni el remordimiento, ni la pena,... Olvidando que dejaba sola a mi madre para vivir mi nueva vida, lejos de todo mi pasado. Me dejé llevar por la rítmica melodía de David Bustamante sonando en mis oídos, cerré los ojos y me recosté en mi asiento, intentando relajarme.

... Eran las 4:00 de la madrugada cuando escuché su voz: "niña, por favor ayúdame". Abrí los ojos y me incorporé en la cama. Apoyándome sobre la almohada miré hacia la puerta, la luz de su habitación estaba encendida y la sombra de mi padre reflejada en la pared.
Al escucharle sentí frío en la nuca, procuré ocultarme bajo las sábanas para que no me viera. Era una estupidez esconderme, pero me sentía tan cansada que prefería dormir a atenderle, además le había pedido ayuda a ella, no a mí. Aunque sabía que actuar así era egoísta, seguí escondida en mi cama, escuchando cada movimiento de mis padres.
No imaginé lo que ese día supondría en mi vida. Creía que sería una noche de desvelo más, ¡qué equivocada estaba!
Mi madre entró en mi habitación y encendió la luz para preguntarme algo:
- ¿Estará el 112 ahora, tan tarde? -le miré a los ojos, oscuros, pero tristes y preocupados.
No supe qué contestar, volví a sentarme sobre la cama y, simplemente, asentí. 
- ¿Puedes llamar tú? -me rogó.
- Mamá, llama tú mejor, por favor -me negué porque no me apetecía en ese momento volver a llamar a Emergencias.
Y llamó.
La ambulancia tardó media hora en llegar a casa. Pero ellos no nos dijeron un diagnóstico de lo que le sucedía. 
Mi padre se quejaba de un dolor abdominal muy fuerte. Y a pesar que le pusieron una inyección no cesó el dolor, con lo que más tarde tuvimos que marcar de nuevo el 112.
Me volví a dormir y amanecí sobre las 11:00 de la mañana. Era mi día libre en el trabajo y enseguida me puse a hacer las tareas de la casa, para ayudar a mi madre, que en ese momento le estaba dando de comer a mi padre.
Unas horas después llamaron al telefonillo y abrí el portal muy sorprendida, ya que venían mis tíos a visitar al enfermo.
La última visita.
Ellos vieron cómo llegó la ambulancia, junto a protección civil, y se le llevaron. Fueron testigos de primera mano de uno de los peores momentos de su enfermedad. 
Le miraban preocupados y tristes y yo... Preocupada porque creía que mi gato se había escapado.
Porque no imaginé que ya no volvería.

La madrugada del 12 de julio de 2014 a mi padre le dio un infarto en el intestino. Ingresó en el hospital sobre la una del mediodía, en Urgencias y la doctora me reafirmó en dos ocasiones que mi padre ya no se podía mover de allí, que si se iba a casa tendría que estar muy, pero que muy vigilado.
Se moría.
Y esa misma tarde empezaron a sedarle.
Aguantó una semana más.
Desde aquel día fueron idas y venidas del hospital a casa. Procurando pasar la mayor parte del tiempo junto a él, cogiéndole de la mano.
Porque de alguna manera quería compensar mi ausencia todos estos años.
Cuando falleció el día 18 de julio a la 1 de la mañana, me encontraba en casa, a punto de comerme un perrito caliente, me pilló con las manos sujetando el perrito a mitad de camino hacia mi boca.
Al principio me alivié, porque no sufría más, pero todavía no era consciente.
Mi mundo se derrumbó cuando le vi en el tanatorio, a través del cristal, metido en el ataúd. Lloré sin consuelo, aporreando el cristal, terminando por sentarme en el sofá, llorando sobre el pecho de mi madre.
No podía apartar la vista de su cuerpo. Ya fuera muerto, no quería olvidarme de él.
Al día siguiente le enterramos. No derramé más lágrimas, supongo que ya las había derramado todas las que le pertenecían a él...

Cuando desperté, el tren estaba a diez minutos de la estación. Por lo que fui preparando mi equipaje para cuando se detuviera. Desde aquel instante en mi cerebro todos los recuerdos del pasado se metieron en un baúl cerrado con llave en el fondo de mi memoria.

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