¡FELIZ AÑO NUEVO!

¡Muy buenas a tod@s! ¿Cómo han pasado el fin de año? Supongo que en familia, pues son fechas muy marcadas para pasarlas junto a quiénes nos rodean.

Este nuevo año quiero seguir cumpliendo mis metas y propósitos, los cuáles a muchos os parecerá una tontería. Para mí no, pues esos retos son un aliciente para mí y, aunque no los cumpla cuando pasen los 366 días de este año, es una manera de vivir cada día como si fuera el último (sin excesos, je, je). Aun así, las metas que me propongo no son ni adelgazar, ni siquiera empezar el gimnasio,... Sino para crecer más; cultivar mi mente, cumplir deseos, que postergo un día tras otro.

¿Y vosotr@s? ¿Cuáles son vuestros sueños?

Como primer día del año os voy a traer un regalo. Se trata de un relato una breve historia en la que podréis sentir junto a los protagonistas. En referencia al título vamos a llamarlo "REDENCIÓN", a ver qué tal.

Espero que os guste, si es así, me gustaría que comentarais, no tardáis más de 5 minutos y a mí me hacéis muy feliz. Ya no os entretengo más.

REDENCIÓN


Ella no podía creer lo que le estaba pasando. No sabía qué hacer, necesitaba consejo de otra persona, alguien ajeno que pudiera darle la respuesta correcta. Sin más, cogió su teléfono móvil y llamó a su amigo, Javier; si alguien podría darle esa respuesta, sin duda era él.
Una vez buscó en la agenda el número del chico, éste no tardó en contestar.

- Hola Megan ¿qué tal? -preguntó él con un tono acelerado en la voz, le pillaba en mal momento, seguro.

- Javi, siento llamarte a estas horas, pero necesito tu consejo, es muy importante -se apresuró a decir la joven, nerviosa, colocándose un mechón tras la oreja.

- ¿Qué ha pasado? -Javier percibió los nervios de su amiga y se preocupó, si ella, que era una mujer muy segura, le pedía consejo, significaba que nada bueno debía de estar sucediendo.

- Es Rubén, me acaba de mandar un mensaje, quiere quedar mañana a la salida del trabajo; dice que ya no puede más, que necesita verme y desahogarse conmigo...-

Javier ya sabía a lo que su amiga se refería. Y no podía permitir que cometiera un error, que le sucediera lo mismo...

- Megan, estás casada -la interrumpió con la voz firme y segura.

- Lo sé, pero me gusta, demasiado y no sé qué hacer porque adoro a mi marido, es mi alma gemela, por eso te llamo, dime, tú que ya lo has vivido.

- Vale, te gusta, pero es simple deseo, como puede pasarte con tu actor favorito -mintió él, sabía que era una excusa barata, pero no se le ocurría otra manera- ¿Sabes lo que yo haría? ¡Olvidarme de Rubén! Escucha una cosa ¿perdonarías una infidelidad? yo estoy seguro que no-

Javier tampoco perdonaría una infidelidad, a no ser que ya no sintiera amor por su pareja. Porque mantener un amor que ya no existe, es mantener una vida amargada y sin sentido. Él haría lo contrario a su consejo, lo que ya hizo una vez.

Aquella respuesta no era la que Megan necesitaba escuchar y no logró resolver sus dudas.. Colgó, decepcionada, aunque sabía que él tenía razón, su corazón le rogaba que hiciera lo contrario. Sin embargo, no escucharía a su corazón y haría caso a su mente, al deber. Se disponía a borrar aquel mensaje, cuando le llegó otro, pero de diferente destinatario: Amelia, alguien a quien creía en otro país.

<< Hola! necesito verte,
es urgente. Podemos vernos 
en el Melía de avda. de América
en media hora? Bss >>

Megan no dudó ni en segundo más. Hacía mucho tiempo que no sabía de ella y acudiría a su petición. De modo que cogió las llaves de su coche, vestida tal cual había llegado del trabajo; un vestido en un bonito color esmeralda, algo ceñido, con diseño de encaje. Mientras conducía hacia el lugar citado, no podía dejar de preguntarse qué querría su amiga ¿por qué, después de tanto, se comunicaba con ella? acaso le pediría ayuda para volver con...

Javier seguía preocupado por su amiga. Pues en el fondo sabía que cometería una estupidez. La llamó en repetidas ocasiones, sin éxito, ya que ella no contestó. Aun así insistió hasta hartarse, rezando a quién estuviera allá arriba que su amiga no cometiera su mismo error. 

El hotel no distaba muy lejos, con lo que Megan no tardó mucho en llegar. Aparcó su coche  cerca de la entrada y llamó a su amiga, antes de salir del vehículo. La joven Amelia tardaba en contestar, hasta que por fin...

- Dime -sonó una voz vigorosa y alegre al otro lado de la línea.

- Dime tú ¿dónde estás? -Megan se encontraba aterrada, nerviosa y preocupada.

- ¿Ya estás en el hotel? ¿En serio? ¡Qué rápida!

- Sí, estoy metida en el coche, veo la puerta y no te veo a ti ¿dónde estás?

- Megan, hazme un favor, sal del coche y ve hacia el hotel: entra dentro y, por favor, disfruta de lo que te espera -la voz de Amelia sonó tajante, como si supiera que su amiga iba a obedecerla con sólo chasquear los dedos. Tras sus palabras, ésta cortó la llamada, dando paso a un continuo, y molesto, pitido que resonaba en los oídos de la joven.

Después de aquella orden, Megan se quedó todavía más extrañada, sobre todo porque intuía lo que le esperaba dentro de aquel edificio. Y tenía miedo. Miedo a ser descubierta, a que le pasara lo mismo que a su amigo Javier. De modo que respiró hondo y salió del turismo para enfrentarse a un nuevo destino. 

Caminando, poco a poco, vislumbró como alguien salía del hotel y se detenía a esperar en el umbral. Era alto, moreno, de piel clarita y vestía con elegancia. Era él. Estaba segura que era Rubén y no lograba comprender cómo Amelia se había involucrado en aquella artimaña, aparecer tras haber pasado tantísimo tiempo. Aunque al recordar lo que su amiga había vivido meses atrás, entendió y supo que ella quería que fuera feliz. Quizás había visto algo más, algo que a ella misma se le escapaba... Quizá no.

<< Haz lo que debes hacer y no pienses más >>

La voz de Amelia surgió en su mente con esa frase. Pero las dudas invadían su corazón y se detuvo. Volvió a sacar su teléfono y marcó nuevamente.

- Peque, he estado llamándote ¿por qué no me lo cogías? -La voz de Javier no había disminuido en preocupación, al contrario.

- Lo siento, es que... Se trata de Amelia -Megan había dudado en repetirle aquel nombre a su amigo, pero no le quedaba más remedio.

- ¿Qué ha hecho esta vez? -Javier cerró los ojos, intentando no pensar.

- Me ha tendido una trampa, me ha obligado a venir y está él.

Javier permaneció unos minutos en silencio, pensando la respuesta adecuada para su amiga. Más los verdes ojos de Amelia aparecían en su mente, una y otra vez, mirándole con dulzura, con amor. Descolocándole por completo, creyó que jamás volvería a verla, que había desaparecido.

- Vete a casa, por favor -fue lo único que Javier pudo decir, enjugándose las lágrimas que amenazaban con caer de sus ojos- Aléjate de allí, no hagas lo mismo que hice yo o será peor-

El chico trató de ocultar su tristeza, a pesar que a su amiga no le engañaba. Rezó porque le hiciera caso, pues él vivió una experiencia muy dolorosa, por satisfacer sus deseos y al final todo salió mal.
Ante el silencio de su amiga, él empezó a hablar, a distraerla de aquella locura, enumerándole cada detalle con cada fatal consecuencia. Hasta que necesitaba una respuesta por parte de ella y calló, dándole pie a que hablara.

- ¿Qué piensas hacer?

- No lo sé, me gusta y eso no lo puedo evitar.

- Megan, por favor...

- ¡JAVI, PARA YA! ¡Sé muy bien cual es mi situación no hace falta que me lo recuerdes! ¡Ya soy mayorcita para decidir y asumir las consecuencias de mis actos!

- Simplemente he actuado como me has pedido, pero déjame que te recuerde algo: Amelia no te ha obligado a estar allí, ella sólo fue cómplice de algo, tú eres quien elige tu propio destino -Y esta vez fue él quien cortó la llamada.

Javier permaneció mirando su teléfono móvil durante unos segundos. Si hubiera tenido algún dato para poder contactar... Ella había vuelto. Además como solía hacerlo, con sigilo, pero a lo grande. Se preguntaba si le buscaría, aunque después de lo que había pasado y cómo había terminado todo. Lo mejor sería que permaneciera donde estaba, sin acercarse a él. A pesar que se moría de ganas por verla de nuevo y repetirle una y otra vez cuánto la amaba, que le perdonase y que jamás volvieran a separarse.

Pero no. 

Fue entonces cuando sonó su móvil nuevamente. Al mirar la pantalla, esperaba ver el nombre de Megan en ella, lo que vio le dejó totalmente sorprendido. Amelia. Le estaba llamando y se preguntaba para qué. No lo dudó y respondió a aquella llamada, haciendo caso omiso a su mente y dándole esperanzas a su corazón.

- Javier soy yo ¿podrías abrirme la puerta? Estoy aquí.

Él se levantó y se dirigió a la puerta principal de su casa. Tan sólo unos metros. Agarró el pomo de la puerta, suspiró, y giró lentamente el manillar. La puerta cedió sobre su peso y se abrió. Tras ella se encontraba la joven de ojos verdes, que lo miraba con la misma dulzura de antes, como si las lágrimas derramadas aquella fatídica tarde se hubieran borrado. 

Y, sin importarle que la pareja de él estuviera delante, lo abrazó con tal efusividad que lo hizo trastabillar. Él se quedó un instante con los brazos en alza, pensando que aquello era un sueño, para, después, corresponder a ese abrazo. La apretó con fuerza, temiendo que pudiera escapar, esfumarse. Descubriendo que los sentimientos volvían a surgir al tenerla entre sus brazos.

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