Abriendo el corazón...


Soy Feliz con lo que siento, soy feliz con lo que tengo



¡Muy buenas queridos míos! Hace mucho que no me prodigo por aquí con una reflexión. Y hoy vengo con muchas ganas.

Los que me leéis sabéis lo que ha sucedido en mi vida: la pérdida del mi ser querido, de mi padre del alma. No ha sido fácil, pues aún sigo en el camino del duelo, aprendiendo a vivir con su ausencia, a echarlo de menos todos los días… Sin embargo ¿sabéis una cosa? Estos tres meses tras su pérdida se han hecho muy amenos. Aunque no lo creáis.

¿Y queréis saber por qué?

Porque me he sentido muy arropada, algo que no creía que fuera posible, pero es cierto. Mucha gente me ha apoyado en estos duros momentos –sobra decir que mi familia siempre ha estado ahí-, por eso me ha sorprendido tantísimo que, gente de fuera de mi entorno personal y más próximo, se haya acercado a mí y me haya protegido con su manto de cariño y sonrisas.

Sois muchos. Disculpadme que hoy sólo me refiera a dos personas.

Marian

En una de nuestros pantallazos


Hace mucho que, de vista, te conocí. He de confesar que me precipité y no creí que fueras la maravillosa y fantástica persona que eres. Es más, pensé que eras una cría, estúpida y competitiva. Mal, muy mal por mi parte, porque me he dado cuenta que no es así.

Hace meses que me devolvieron a mi campaña habitual de mi empresa de telefonía. Recuerdo que no encontraba sitio y una de las coordinadoras, Vanesa, me dijo “Siéntate a mi lado”, a su derecha. Tú estabas justo en el siguiente puesto.

Como siempre, algo habitual en la campaña, -en mi caso- no había listas de llamadas y, aunque tú estabas en recepción, tampoco tenías.

Fue entonces cuando empezamos a hablar.

Y nos contamos de todo.

Hablar contigo era como hablar con mi alma gemela. Mi corazón se abrió de golpe y supo que podía confiar en ti, que no te burlarías de lo que yo te contara, de mi situación.

Por entonces mi padre todavía vivía…

El destino nos unió.

Y el destino nos mantiene juntas, porque, juntas, nos han movido de retén –cuando hay mucho volumen de llamadas de una campaña de luz y energía, nosotras nos conectamos para recepcionarlas- y tuvimos que cambiarnos de puesto. Al principio, yo me sentaba junto a otras dos señoras con las que me llevo estupendamente.

Tú te situabas enfrente, al lado de tu amigo y competidor, Gregory.

El retén cambió de sala y con ello cambiamos de puestos. Nos sentamos juntas de nuevo, tras semanas de distancia y separación, pero no parecía que hubiera pasado el tiempo.

Cada día me animabas con los problemas que yo te contaba sin temor. Sentía toda la confianza del mundo y mi mente me decía que jamás me traicionarías.

He pasado por muchas amigas y compañeras, pero ninguna como tú. Sé que el ser humano tiene sus fallos, porque no somos perfectos. Sin embargo, nuestra amistad se ha profundizado más y más.

Hasta el punto de que puedo decirte que: Te quiero mucho, Marian y perderte sería romperme el corazón.

No es amor de pareja, sino un amor de amistad que jamás he sentido con nadie.

Te dije que eras mi amarillo –sólo Albert Espinosa, tú y yo, bueno y los fans del autor, sabemos lo que eso significa-, como díría Meredith Grey a Cristina Yang en Anatomía de Grey: Tú eres mi persona.

Sólo puedo darte las gracias por todo lo que haces y miras por mí. Porque me ayudas sin buscar nada a cambio, porque te preocupas sin pensar que yo me preocupe por ti o no… Lo haces y punto.

Eres única y he decirte que me has salvado. Gracias.

Gracias a ti me emociona madrugar a las 6.35 a.m. para ir a trabajar y saber que voy a whatsappear contigo mientras voy en el bus y metro. Llegar a la plataforma y encontrarte es para mí un alivio. Poder estar en una campaña que me estresa, pero el saber que tú estás ahí, ya me llena. Completas un pedacito de mi corazón, nena.

No obstante, siento decirte que no eres la única porque la que AHORA soy más feliz. Y es que hay otra personita que acaba de entrar en mi vida que siempre me hace sonreír.

Me voy a poner nostálgica, pero cada día, rezo por encontrármelo en el metro y llegar juntos al trabajo. Cuando veo que va a llegar la hora de salida, mi sonrisa se amplía más porque nos vamos juntos en el bus y en el metro, gran parte del camino.

Y nos reímos.

Y nos pegamos (en broma, claro está).

Y me provoca para que yo me estrese y gruña.

Y me hace que lo adore cada día más.

Adrián. Mi Adri

Esperando al metro


Gracias, sólo puedo darte las gracias porque cada día lo haces maravilloso. Cuando tú no estás, tu ausencia se nota y ya no estoy tan contenta. Tú no te das cuenta, pero cada minuto, cada hora, siempre miro hacia atrás, porque sé que me vas a venir a visitar. Y me vas a gastar bromas… Bromas que me encantan. Sólo te conozco de cuánto… ¿Un par de meses? Y ya te siento como si fueras mi hermano. Ese hermano que nunca tuve, porque Dios me dio dos hermanas a las que quiero un montón.

Gracias a Mauricio, te conocí. Nos reíamos y apenas hablábamos. Yo tenía otro coordinador de la campaña, con el que estaba feliz y creí que no estaría mejor con nadie más… Hasta que un día hicieron el cambio y me pasaron a tu equipo. Confieso que sentía miedo, porque Alberto ya me conocía y sabía cómo yo trabajaba, llegué a tu equipo muy baja de ánimo y defensas… Me temí lo peor.

Ahora puedo afirmar que no es así. Me equivoqué. Porque no querría cambiar de coordinador por nada del mundo –llámame pelota, llámame lo que quieras…-, pero tú, con tus actos, con tus bromas, con tus sustos, has conseguido que la sonrisa no se borre de mi cara. Has conseguido que vuelva a ser positiva y mire el lado bueno de las cosas, que enfrente a los problemas y, sobre todo, que no llore más por la pérdida de mi padre.

Es triste saber y ver como se muere la persona que te dio la vida. Pensar que vas a sobrevivirle y no saber cómo continuar.

Has logrado que mi cerebro guarde la tristeza en un cajón, eche la llave y la pierda en lo más recóndito de mi memoria.

Los que me conocen saben que nunca expreso mis sentimientos, pero contigo puedo hacerlo, es más necesito hacerlo. Y es que, te quiero mucho, querido coordinador. Te adoro y eso jamás me ha pasado en nuestra empresa.

Alberto es un chico estupendo y muy cariñoso. Sin embargo, Adrián, él no ha conseguido llegar a completar otro pedacito de corazón roto, como has obtenido tú.

Entre Marian y tú, me animáis a madrugar cada mañana, afrontar otro día laboral y a tener ganas de trabajar.

Espero no perderos nunca. Porque me ha costado mucho encontraros… Os quiero y sólo por personas como vosotros, mis ojos se llenan de lágrimas de emoción.

Conseguir que yo aprenda a convivir con la ausencia de mi padre no es fácil y por vosotros procuro hacerlo (entre otros motivos, como mi madre, mi familia…).

Tenía muchas ganas de escribir estas palabras. Y no quiero que otras personas que me han ayudado, me hayan animado, se sientan desamparadas porque HOY no las mencione. Están presentes en mi mente y les agradezco, de corazón, todas las palabras de apoyo que me han dicho. Si los menciono a todos no acabaría, o esto se convertiría en una súper reflexión. Quizás otro día, cuando encuentre las palabras, os dedique otra entrada. Pero es que esta entrada me ha venido a la mente como un soplo de aire fresco que te renueva por dentro.

Marian y Adrián, os he cogido mucho cariño, os he dado mi confianza. A lo mejor me estoy equivocando, quizás nunca debí publicar esta entrada, pero mi corazón me lo pide a gritos y siento la obligación de hacerle caso. Aunque haya pecado de estúpida y blanda.

Ya no me enrollo más. Os quiero y os querré siempre.

Vuestra,


Alezeia.

Comentarios

Maria Orgaz ha dicho que…
Melonceta!! Sabes que te quiero. Que hemos pasado muchas cosas juntas!!!!

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