Sobreviviendo al duelo

Nunca me he parado a pensar en la muerte como algo cercano, sino como un síntoma que tardará eones en llegar, y eso si llega... Sin embargo, cuando ésta te manda un aviso que está cerca, te sientes un don nadie, ves pasar la vida y te preguntas si te sientes satisfecho con lo que has realizado o, simplemente, podías haberlo hecho mejor.

No sé si a mi padre le sucedió esto,  pero a mí me pasa. Pienso si hice bien, si le cuidé como debiera, si le traté bien. Y sé la respuesta, aunque mi cerebro se niega a aceptarla.

Y es que estoy confundida. Hace tres meses exactamente que él falleciera. Al principio lo pasé peor. Me sentía más triste,  de hecho estuve de baja médica porque me veía incapaz de seguir con mi rutina.

Y todavía me cuesta. Me es difícil realizar planes, los que hacia antes, tales como; acabar de ver mi serie, escribir,  leer los libros pendientes... Ahora, sinceramente, no tengo ganas de nada. Sólo de sentarme en el sofá y ver la vida pasar. A veces me tengo que obligar a hacer algo, pocas veces lo consigo.

El primer año es difícil de superar. Porque hay muchas cosas que te recuerdan a él. Y a la hora de arreglar papeleo más. Piensas en lo que él diría, en lo que él haría, comprendiendo que no lo sabrás porque ya... No está.

Según el libro que estoy leyendo -El camino de las lágrimas de Jorge Bucay- existen varias etapas en el duelo que vas pasando. Y lo asemeja a una herida en la piel. Yo me veía en una de las etapas finales del duelo: la de fecundación, que es cuando tomas la iniciativa y empiezas a realizar una acción. Además recuerdas al difunto, no con tristeza, sino con cariño. Cuando ya no sientes el dolor por la pérdida... Así creía yo que estaba ¡y sólo al mes de morir! Ciertamente tengo un lío, una confusión en mi cabeza. Porque aun sigo echándole de menos con pena. Todavía no soy capaz de retomar mi vida como antes.

Pero es que mi vida no es la misma sin él.

Mi madre lo lleva peor. Es normal, pues ella era su pareja y su amor, alguien al que ella eligió para toda su vida. Para 38 años.

Ella está en tratamiento,  va a visitar al doctor cada semana. Yo al principio creía, pretendía obligarme a seguir adelante, a no pensar en su ausencia, como si nada hubiera sucedido: viviendo en la incredulidad.

Y me he dado cuenta que no. No puedo reprimir mis sentimientos,  es más en el libro, Jorge Bucay, nos indica a sacar aquello que nos duele, a vivirlo sin temor. Porque es una herida profunda de la que nunca llegas a acostumbrarte del todo, pero si convives con ello. Muchas veces pretendemos ocultar la herida, fingir que no ha sucedido nada, y eso está mal. Quiero llorar por mi padre, recordar esos últimos momentos en los que se despertaba a media noche para comer... Y esos momentos ya no sucederán.  Quedan para siempre en mi memoria.

Ahora es cuando uno se da cuenta, también,  de quién está a mi lado y quién no. Muchas personas pretenden realizar ahora lo que no hicieron mientras él vivía, aunque también los hay que demuestran con sus actos su rabia para con mi familia. Es como si al morir él,  ya nada existiera, como si todo hubiera muerto con él.

Esa es la sensación que me da cuando me derrumbo y siento que no puedo más.

Entretanto, por otro lado, mi corazón le rebate a mi cerebro y le muestra lo arropada que me he sentido y que me siento cada día. Pero como dice el refrán: Caerse está permitido, levantarse es obligatorio.

Por eso pienso que puedo derrumbarme, patalear y llorar de vez en cuando ¿no? Para desahogar esta rabia,  esta ira que siento... Porque le echo mucho de menos.
Aunque mi madre la que más. Y me siento responsable de ella, protegerla, ayudarla, sin pensar en nada más.

Solamente cumplir la promesa que le hice a él.

Aun así esa promesa ya la cumplía ntes que mi padre desapareciera...

Desaparecer. Que palabra más vacia y triste al mismo tiempo.

Ya han pasado dos fechas importantes en los que se ha notado su ausencia. Ahora faltan las más importantes.

Y pensar que hace un año, precisamente por esta fecha,  tú estabas trabajando.
Caíste a mediadios de noviembre y el cáncer te sentenció en diciembre, con aquella maldita sonda. Pero tú aguantaste durante seis meses y doce días más.

Me preguntó: ¿por qué aguantaste tanto tiempo? Por nosotras, para no abandonarnos y dejarnos en la estacada. Papá nunca nos has abandonado, ni ahora, ni antes, porque sabemos que de vez en cuando nos visitas.

Sólo te voy a pedir una última cosa, padre mío, no me dejes nunca, ayúdame a ser fuerte y a mo decaer: por mamá, por tí...

En fin, espero que esta tristeza, esta sensación de dejar la vida pasar, se vaya pronto.

Sin más, se despide, Alezeia.

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