Un Deseo del Pasado

¡Buenos días!

Hace un par de días que no actualizo, por lo que he buscado unos minutos libres para continuar con este relato que se me ocurrió "versionar". Espero que os guste y por favor, no os olvidéis de comentar....

* * * * * * * * * 


- Lady Webbel, por favor, ¿qué es esa escandalera? ¡no es propio de una señorita! -le regañó  la joven amiga, que ni tan siquiera recordaba que hubieran sido amigas en otro tiempo, y cruzándose de brazos la miró de arriba abajo de modo reprobatorio- ¿Cómo se os ocurre ir así vestida?¡Id enseguida a cambiaros de vestuario y por favor no me llaméis así! ¡Pues por mucho aprecio que me tengáis no es de decoro que me tuteéis de tal manera! -Mientras la sermoneaba, la reciente criada la conducía de vuelta a su dormitorio, seguidas de una sorprendidísima Sarah, que todavía no creía lo que estaba viendo con sus propios ojos.

La cara de Luz era todo un poema. Más le resultaba poco creíble lo que estaba viviendo, si se lo hubieran dicho días atrás, cuando estaba tan estresada a causa del trabajo, no lo hubiera creído ni harta de vino. De hecho, por más que miraba y remiraba, se pellizcaba -haciéndose polvo los brazos-, se sorprendía cada vez más. Y, sobre todo, cuando su -ahora- criada abrió la puerta de su armario de nogal.

- ¡Oh, Dios mío! -la que habló fue Sarah porque no pudo evitar la exclamación antes que su amiga pudiera objetar algo- Amiga, creo que esta vez te has superado, estos vestidos son... ¡UNA PASADA!-

La doncella Beatriz, las contempló con cierta ironía, pues aquel día esas dos jovencitas estaban comportándose de modo extraño. Sacó uno de los vestidos que había colgados y lo tendió sobre el regazo de una Luz que lo observaba con los labios entreabiertos, ojiplática. Tras esto, se dirigió hacia la ventana, dispuesta a abirla y que el aire viciado del dormitorio se renovara. Sarah contemplaba el vestido, acariciando la gruesa tela.

- Amiga, es precioso ¿a qué esperas para probártelo?

- Sarah, no sé, todo esto... ¿estás segura que me quedará bien? ¿cómo puede ser posible...? -Luz colocó el vestido frente a ella, observando cada minucioso detalle, elucubrando el por qué de aquel maravilloso sueño, sin saber lo que le esperaba por ver.

- No busques la lógica, simplemente disfruta -razonó Sarah, ampliando aún más su sonrisa.

- Es que, por más que lo intento, no puedo creerlo -susurró Luz.

Sarah ayudó a su amiga a vestirse y una vez se metió dentro de aquel montón de tela, la rubia silbó maravillada sin dejar de mirarla.

- Yo quiero otro... Estas hermosa, nena -corroboró Sarah ahora con palabras.

- Coge el que más te guste -sonrió Luz girando a su alrededor, haciendo volar su falda- Habrá que aprovechar esto ¿no? mientras dure-

Beatriz, que había estado recogiendo la cama, además de limpiar la estancia, las escuchaba sin entender por qué reaccionaban así al ver aquella ropa que siempre se habían puesto hasta ahora. Estaban de lo más extrañas. Seguramente, pensó, era por culpa de aquellas novelas románticas que ambas devoraban. A su señora no podía decirle nada, pero la rubia -Sarah- era una doncella de compañía y debía comportarse como tal, no como una chiquilla alocada. Claro que lo que la criada no sabía -o más bien no recordaba- era de la vida que esas dos habían llevado hasta el día anterior.

Las horas transcurrieron con rapidez y es que las dos amigas se dedicaron a curiosear y correr por aquella mansión que parecía un museo. Conocieron a David, esposo de Beatriz y servidor de la familia Webbel, tampoco las reconoció. Él se encontraba en las cuadras, limpiando la zona y dando de comer a los animales. Aquello fue algo que conmocionó a Luz: ¡TENÍA CABALLOS! Ambas se dedicaron casi toda la mañana a cepillarlos, darles agua y comida, aunque también aprovechaban la ocasión para mimarles y darles muchos besos. Seguidamente, dieron un largo paseo por el jardín de los alrededores de la mansión, que también hacia honor a ésta en cuanto a su grandeza. Rodeadas de fuentes de agua, en cada una se situaba la estatua representada por un dios de la antigua Grecia. Las flores deslumbraban por su esplendor por la multitud de colores cálidos. El sol lucía en lo más alto, radiando con su luz hasta el más ínfimo detalle. La joven dueña aspiró el rico aroma de la fresca primavera.

- De modo que soy tu doncella ¿no? -rió Sarah sin dejar de sonreír, creo que en ningún momento mientras estaban en aquel nuevo lugar, había dejado de hacerlo.

- De momento nadie nos ha dicho lo contrario.

- Oye ¿qué curioso, no? todo lo que has dicho, a modo de burla, pero se ha cumplido, sólo falta...

- ¿En qué piensa esa cabeza loca? -preguntó Luz con la cara mirando hacia el celeste cielo, con los ojos cerrados.

- ¿Se cumplirá todo, exactamente todo lo que dijiste?

De pronto, Sarah se detuvo en seco, dejando sola en su caminar a Luz que, una vez se dio cuenta que hablaba sola miró hacia atrás y corrió junto a la rubia. Fijó la vista en la dirección donde su amiga observaba y señalaba con el dedo. Más a lo lejos cabalgaba una figura a lomos de un semental negro. Lo más sorprendente de todo era que: cabalgaba hacia ellas.

"El Highlander" pensó Sarah rápidamente. Ciertamente se equivocaba.

Luz no podía apartar la vista de aquel tipo vestido completamente de negro y aunque le gustaría salir huyendo de allí, sus pies parecían querer lo contrario y no se movían ni por asomo. Verle llegar hacia ellas le provocaba cierta inquietud y esto hacia que su corazón bombeara más deprisa y más despacio al mismo tiempo. Mientras ella esperaba nerviosa por lo que pudiera suceder cuando le tuviera frente a ella, la otra aguardaba ansiosa e impaciente para corroborar lo que su mente le decía a gritos.

El extraño visitante, al llegar a ellas, detuvo su caballo con seguridad y las saludó con un gesto de cabeza. Bajó del corcel, sin decir nada, para acercarse a ellas con suma cautela. Ellas le contemplaban ensimismadas, pero Luz no podía, más bien no quería, que sus nervios se notaran demasiado, por lo que se aproximó cuanto pudo al semental y lo acarició con ternura. El caballo se dejó hacer sin relinchar, al revés, agachaba la enorme cabeza para que ella no parara.

- Hola, precioso -susurró Luz evitando mirar al dueño de aquel animal.

- Disculpad, necesito saber si por aquí se llega a la mansión Webbel -inquirió él mirándolas bajo su sombrero de ala ancha.

Sarah se fijó en el rostro de aquel absoluto desconocido y palideció... Sus sospechas eran ciertas.

- ¡Oh, dios! ¡Luz! mirale -musitó la rubia en un hilo de voz.

Luz, curiosa por lo que su amiga se pudiera referir, a la par que extrañada al verla tan blanca, se inclinó a un lado para verle la cara mejor. Al quitarse de en medio la enorme cabeza del animal y reconocerle... Comprendió la sensación que había tenido momentos antes. Ahora si que, si vivía en un sueño, no quería despertar jamás. Pues tenía delante, sino era el auténtico debía ser un gemelo, pues era idéntico a él, pero juraría que era...

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