Parada Nº 13: La Casa del Torreón II


Segundo capítulo La Casa del Torreón II
Despertar

El pasillo blanco de mostradores verdes le devolvía reflejos de luz mortecina. Gabriel miraba a su alrededor cansado y harto de escuchar siempre las mismas estupideces. Una enfermera lo saludó por el pasillo y él ofreció su mejor sonrisa. No comprendía por qué la madre de su amiga le decía una y otra vez que no volviera; con los años él se había convertido en su única visita.
Giró por el pasillo y vio la máquina de café. La mañana anterior se había tragado dos monedas y esperaba que ya estuviera arreglada, porque necesitaba desesperadamente una dosis doble de cafeína. Buscó su cartera y apretó el botón. Al principio aquel brebaje le había parecido horrible, pero con el tiempo uno se podía volver adicto a cualquier cosa.
Cuando llegó a la habitación se detuvo. En una esquina había un espejo, no sabía para qué era, pero a él le servía para comprobar cómo llevaba la ropa después de salir corriendo del trabajo. Tenía buen aspecto, excepto por las ojeras… Dormiría un par de horas, seguro que a ella no le importaría.
El dormitorio no era muy grande, pero disponía de lo necesario, y tenía una gran ventana que daba a la montaña. Contempló a su amiga. Durante un momento, con los ojos cerrados, tumbada en la cama y rodeada de todo aquel albor, le dio la sensación de que veía a un ángel. Dio un trago al café y se frotó los ojos, recuperando la visión de la chica intubada y rodeada de máquinas que la mantenían con vida.
—Buenos días, ¿qué tal has pasado la noche? Yo he trabajado hasta hace poco, así que espero que no te importe si luego me quedo frito por aquí.
Gabriel sonrió, le acarició la mejilla con delicadeza y le recolocó algunos mechones sueltos que le caían sobre la cara.
—Hoy he traído La Isla del Tesoro, sé que es de tus preferidos y he pensado que podía releértelo. Veo que te entusiasma la idea. ¡Fantástico!
Bebió lo que le quedaba de café y dejó el vaso vacío sobre una mesita supletoria que había a un lado. Se acomodó en una silla y se acercó a la cama.
—Hoy he vuelto a hablar con tu madre. Sigue emperrada con que no debería venir a verte, dice que no es bueno para mí… Pero yo sé que no es cierto lo que dicen, no creo eso de que te fuiste.
Gabriel tomó la mano fría y delgada de su amiga y la acarició con suavidad.
—Sé que he estado mucho tiempo ausente, sólo aparecía, te miraba y me largaba. Pero eso se acabó. Me dolía, no soportaba verte así… Mi vida sin ti es insoportable.
Puso la mano pálida sobre su pecho y la apretó con fuerza.
—Daría cualquier cosa porque volvieras, mi vida, la de cualquiera… ¡Lo siento! No quería… Sé que te enfadarías.
>>Después leí ese estudio, sobre las personas en coma y que es bueno para su recuperación que cada día les hablen. Espero que esto te ayude, aunque después no recuerdes nada.
Gabriel miró el libro que había dejado sobre la mesita junto al vaso, y concluyó:
—Marina, te echo de menos.

El bosque, con sus colores de primavera, eso y una voz que resonaba entre los árboles era lo último que recordaba, y de repente nada, oscuridad y vacío.
Sentía frío, hormigueo y dolor en todo el cuerpo, como si me estuvieran clavando miles de agujas en las extremidades, en la columna y las sienes. Traté de abrir los ojos, pero el dolor era aberrante, y cuando lo logré sólo localizaba manchas borrosas, blanco y luz. Empecé a sentir conciencia de mi cuerpo, y con ella arcadas que trepaban por mi garganta, y una angustia irreprimible. Con un esfuerzo sobrehumano logré mover un brazo y arrancarme algo que tenía metido por la boca y se adentraba en mí. Vomité a un lado, era ácido y quemaba. La cabeza me daba vueltas.
Quería levantarme y salir de allí, no sabía dónde estaba ni quién me había hecho aquello.
¡Mis piernas!
Horrorizada, alargué una mano e intenté palparme las piernas, ver si seguían allí. Descubrí aliviada que por ahora las conservaba. Mis ojos no se acostumbraban a la luz y me escocían.
—¿James? —pregunté desorientada—. ¿Dónde estoy?
Pero no respondió. Todo era silencio.
Unos pasos rápidos se aproximaron y una puerta se abrió.
—¡Está despierta!
Oí que decía una mujer.
—No puede ser —contestó un hombre.
Alguien me tocó y yo golpeé a ciegas tratando de defenderme.
—Tranquilícese. Tenemos que comprobar sus constantes, ver que está bien —dijo el hombre.
Su figura borrosa se movía a mi derecha mientras la otra figura se había colocado estratégicamente al otro lado.
Pero no me quedé quieta y me revolví, aunque mi fuerza era ridícula y me sujetaban como si a penas me moviera. Grité y traté de morderles.
—¿Qué le ocurre? —dijo la mujer—. Está violenta, ¿es eso normal?
—Puede que su cerebro haya sufrido daños… No podremos saberlo con seguridad hasta que le hagamos algunas pruebas.
Tenía su cara ante la mía y le di un cabezazo. La mujer chilló y me soltó para socorrer a su compañero. Yo me derrumbé luchando por no perder la conciencia.
—Yo estoy bien, pero vigílala a ella. Necesitaremos sedantes —dijo él.
Entonces la mujer salió a prisa y todo fue a peor. Volvió con otra figura, ésta más fuerte, que me agarró y no dejó que me moviera un ápice.
—Esto te ayudará a descansar —dijo el hombre al que había golpeado.
—¿Qué está ocurriendo aquí?
Oí entonces que decía una voz a la que conocía a la perfección y con la que había soñado a diario durante todo el tiempo que llevaba en aquel mundo de locos.
—¡¿Marina?! —dijo Gabriel emocionado acercándose a mí, interceptado por una de las formas borrosas.
La ansiedad hizo que me atragantara con las palabras y sólo fui capaz de decir:
—¿Cómo has llegado hasta aquí?
Antes de que la oscuridad me engullera de nuevo.

(…)

Comentarios

- Bella - ha dicho que…
¡Haleeee! Se queda muy interesante :)

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